Noche de Luna Cacho en El Banderín

Fue una situación que, comúnmente, se le endilga a la casualidad, pero que, en verdad, tiene poco de fortuito. A Cacho Luna lo conocí en un club de Almagro donde esa noche cantaba su amigo, Osvaldo Peredo. Cacho había ido solo y el cantor de boliche lo acomodó en nuestra mesa. Intercambiamos algunas palabras entre tango y tango y cuando el show terminó se fue raudo con su gomia de la juventud.

Algo de este buen hombre me interesó y guardé el dato. En 2013 escribí un guion para un corto sobre un tango maldito que circulaba por Almagro y produjo el INCAA. Lo protagonizaba Peredo. Una escena en El Banderín requería la participación de un personaje menor, con poco texto, pero que fuera un viejo amigo de Osvaldo. Recordé a Cacho y lo propuse para la escena.

Era domingo, cerca de las 21, el bar estaba cerrado y a disposición de la producción. Todo el mundo estaba en sus casas mirando los goles de la fecha. Por la barriada de Billinghurst y Guardia Vieja solo quedábamos el staff del corto. Más Cacho Luna, arribado de Parque Patricios y enfundado en elegante traje. Le colocamos el micrófono por debajo de la camisa y le pedimos que dijera unas palabras, lo que sea, para probar sonido. Pedimos silencio. Acción.

Una hora más tarde Cacho calló y preguntó si todo estaba bien. Su misa había sido seguida con respetuoso silencio y atención por una feligresía, ya evangelizada, de un domingo de Luna Cacho. Cacho, milonguero de salones y carnavales, había sido marino mercante y trabajado para ELMA dando varias vueltas al globo e iniciado en el mundo de la milonga a oriundos de Auckland, Mumbai, Hanoi y Bangkok. Un porteño pirata que clavó bandera en cuánto puerto tocó tal Hipólito Bouchard. De pronto los banderines de clubes que colgaban de las paredes del bar eran enseñas de destinos remotos adonde Cacho había llevado nuestra cultura. Lamentablemente, su charla no se grabó y hoy ya se fue para siempre. Pero, para los pocos afortunados de esa noche, el Banderín siempre será el lugar donde un Cacho nos enseñó todo Buenos Aires.

Ilustración: Lucio Cantini

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