Donde estaba el hechizo

Planazo. Que no se decía así en los ‘70, pero hoy vale como definición. Nos dejaban al pie de la escalera con pesos suficientes para jugar sin límite de tiempo y los perdíamos de vista. Era bajar la escalinata y sumergirse a unos cuantos MDNS (metros debajo del nivel social) porque en ese bendito infierno pasábamos horas solos frente a una máquina. Pero, como niños que éramos, surgía la necesidad de ver adonde estaban nuestros adultos protectores, saber de ellos, entonces subía la escalera y allí los veía sentados en la barra del café. A veces conversaban, muchas otras veces permanecían en silencio. Esa comprobación me animaba a volver a bajar para seguir jugando a los juegos electrónicos con las fichas que aún quedaban en mi bolsillo. De repente, luego de varios giros por circuitos automovilísticos impronunciables me volvía a preguntar por ellos. En mi ascenso anterior había confirmado su ubicación. Lo que ahora me intrigaba era saber qué hacían. Trepaba escalones para ver a mis padres sentados en el mismo lugar de la barra del Café Dino, a la salida de la Galería Sacoa, sobre San Martín, como tantas tardes de lluvia en Mar del Plata. Los miraba sin acercarme. De ingresar en ese cuadro lo arruinaría todo sin comprender dónde estaba el hechizo. Entonces mi vista recorría las botellas de raros formatos que habían cambiado de posición, las tazas apiladas sobre la cafetera que dibujaban una silueta urbana diferente y los ceniceros antes recargados que ahora estaban vacíos. Lo único inalterable eran ellos. Mientras los contemplaba repasaba la charla previa completa para dilucidar si habíamos sido nosotros, con mis hermanos, los promotores de la salida o mis padres habían alentado el plan. Estaba claro que disfrutaban de un misterio que yo no alcanzaba a percibir ni entendía su sentido. Hasta que entró en escena el mago, por detrás de la barra, impecablemente vestido de camisa blanca con moño y chaleco negro, para reemplazar las tazas usadas, con marcas de rouge la de mi madre, por otras limpias recargadas de café, embrujo que fue festejado con exclamaciones y aplausos. Era magia.

Ilustración: @cantinilucio

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