Folletín ambulante

El Bar Saavedra estaba frente a la estación de tren del barrio homónimo de la Línea Mitre. En Av. Balbín 4008. Dentro de sus muchas cualidades lucía la palabra copetín en su cartelería. Término de uso y costumbre en bares de Asunción (Paraguay) pero poco frecuente por estos pagos. Entre sus parroquianos cotidianos sabía tener muchos vendedores ambulantes que hacían la Línea Retiro-Mitre y tomaban al Saavedra como refugio para descansar, transmitirse novedades, compartir inquietudes y, quizás lo más valioso, usar la trastienda del boliche como depósito confiable y seguro de mercadería. Sin embargo, y este es el dato que me ocupa hoy, el vendedor más exitoso y reconocido del ferrocarril entraba y salía del Saavedra con las manos vacías. El tipo hacía su rutina sin producto alguno. Se llamaba Martín Foye y se hacía llamar Folletín. Fiel a su apodo andaba de vagón en vagón contando historias en capítulos. De lunes a jueves eran episodios nuevos y el viernes hacía un resumen de la semana porque ya sabía que ese día mucha gente no viajaba al centro. Al final de cada viaje/relato pasaba la gorra entre los pasajeros. Folletín era oriundo de Montecarlo. Pero no del Principado. Montecarlo, Misiones. Siempre que narraba la historia Príncipe y mendigo de Mark Twain, lógicamente, se ponía en el papel de mendigo.

Su mayor recaudación era durante la Semana de Mayo. La narración del día a día de cada jornada hacía reventar los vagones de seguidores que se envalentonaban de patriotismo al escuchar los sucesos que derivaron en el 25. Porque Folletín, un amante de nuestra historia, iba siguiendo el calendario anual para cargar de sentido y oportunidad a sus relatos. Tanto que durante diciembre y marzo grupos de madres y padres viajaban de cabecera a cabecera con sus hijos. Iban en busca de que Folletín los refuerce para rendir en los exámenes.

Cuando cerró el bar y, posteriormente, construyeron el túnel vehicular que cruza por debajo de las vías modificando para siempre la dinámica del barrio, Folletín se perdió. Nunca nadie supo más de él. Como tantas cosas en Buenos Aires. Se perdió en el tren de la historia. 

Ilustración: Lucio Cantini

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