En busca del acorde perdido

En 2012 leí un artículo publicado en la revista Punto Tango (n° 46) que me llevó hasta su autor. Lo encontré en El Tránsito, un boliche que quedaba en la esquina de Urquiza y Constitución, San Cristóbal. Al igual que la Ecológica, San Cristóbal supo ser una Reserva Porteña concebida sin planificación alguna. Una zona de la ciudad por fuera del circuito turístico y desarrollos urbanos demoledores que mantenía sus bares casi inalterables. El Tránsito era un boliche manejado por una familia cordobesa bajo las órdenes de Marta. Allí lo conocí a Manuel González, profesor de tango en milongas y músico. El autor que mencioné al inicio del relato. Por ese entonces Manuel estaba obsesionado con encontrar el alma del tango. Su auténtica esencia. Era un alquimista en busca del acorde perdido. El Tránsito era un laboratorio perfecto. Un pedazo de Buenos Aires cargado de acentos, códigos y énfasis. Patrimonio material virgen. Allí Manuel se reunía con otros músicos y sus guitarras. Todos estaban tras ese defecto musical intencional que resultó una epifanía. El acorde primero origen de nuestra música. Un sonido barreado que debió advertir a su ejecutante que se estaba frente a la creación de un nuevo género. Y dejaba de hablarme para atender a sus locos amigos que le hacían conocer un yeite (así llamaban a los acordes) hallado en un manuscrito suelto dentro del cuaderno de fiado escondido en un aparador que perteneció a un viejo cafetín y pasado a remate en el galpón de pulgas de Olavarría y Garibaldi, La Boca. En simultáneo, en otras mesas del laboratorio, Marta les renovaba tubos de ensayo a unos borrachines que formaban parte del inventario del bar. La escena era arlteana.

Hoy el Tránsito cerró y a Manuel le perdí el rastro (si saben de él envíenle mis saludos). Debe andar aún tras el acorde fundacional. Caso contrario la noticia hubiese trascendido. Buenos Aires no cuida estos espacios ni apoya románticos en busca de la verdad. Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa, yira, yira, sostuvo Discépolo. Aquí nada es para siempre. Somos todos pasajeros en tránsito.

Ilustración: Lucio Cantini

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