Filosofía barata y medialuna de grasa 3

Tengo la devota práctica de entrar a un café, a diario, a media mañana. Desayuno en casa, pero la segunda mañana sucede en un café. Llueva o truene. Mientras no estemos en cuarenta estricta por algún virus herético. A este rito lo llamo: Misa de 11. De vez en cuando, para no pecar de pesado, me gusta compartirlo en redes. La ceremonia del café en Buenos Aires tiene un profundo vínculo con las costumbres religiosas. La liturgia no se reduce sólo a la asistencia a misa. El espacio físico también es percibido como un templo. Es el antropólogo y filósofo Rodolfo Kusch (1922-1979) quien mejor definió el sagrado ritual de ir al café o bar cuando lo compara con las ruinas de Tiahuanacu y las concepciones de las culturas prehispánicas. Cito textual:

[…] Toda esta penosa lucha por entrar en el café y llegar a la mesa ¿no parece como si uno ingresara en un recinto sagrado? […] ¿y para qué serviría un templo? El hombre lo construye casi por la misma razón por la cual hace una brujería. Para adorar a los dioses o conjurar las fuerzas de la magia hay que trazar un círculo o un cuadrado. ¿Para qué? Pues para separar el espacio que usamos todos los días donde comemos, trabajamos o amamos, del otro espacio, el sagrado, reservado a los dioses y a las fuerzas mágicas. De esta manera dentro del cuadrado se habla con los dioses y afuera con los hombres. Y es más. Adentro uno libera su angustia y afuera trata de ocultarla. […] Pero [para] qué vamos a trazar círculos, si todo está trazado: las cuatro paredes del café, la mesa, la silla, el ventanal. ¿Qué más? Entramos en el café como si saliéramos de un mundo de cosas donde siempre hay que ser alguien, e ingresamos en otro mundo de semillas y posibilidades, del lado de acá del ventanal, donde uno mismo crece como un inmenso árbol, lentamente, mientras se deja estar a través de cada sorbo de café. Y hacer eso ya es sagrado[1].

Los cafés y bares de Buenos Aires tienen la costumbre, además, de construir pequeños altarcitos. Como los que surgen a los costados del camino o sobre paredones o huecos de las ciudades. Son superposiciones de imágenes muchas veces religiosas, otras paganas, que actúan de cobijo espiritual. (Pura) Superstición. Como la cantó Luis Alberto Spinetta: y cuando te das cuenta que es tu amigo quien te da la mano, entonces para vos ya no existe el miedo, ni el dolor ni el frío.

PD: por estos días leí al historiador italiano Loris Zanatta diciendo que “la religión es repetición, aunque lo sea de la mentira”. Y me disparó otra reflexión. La de la invención de una tradición a partir de las repeticiones. Pero, ese será otro café con una nueva medialuna de grasa.


[1] Rodolfo Kusch, citado por Carlos Mira, en Tango. La mezcla milagrosa (1917-1956), Buenos Aires, Sudamericana, 2007, pág. 75.

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