Filosofía barata y medialuna de grasa VI

Días atrás leí en Perfil un reportaje de Jorge Fontevecchia al filósofo Samuel Cabanchik (“En Argentina es muy difícil encontrar algo insensato de imaginar”). En la entrevista, el ex – senador nacional, cita a Immanuel Kant. Kant supo distinguir entre enseñar filosofía y enseñar a filosofar. Confiesa Cabanchik que en un momento de su carrera como docente transitó el pasaje de pretender enseñar filosofía a sus alumnos para instruirlos en filosofar. Doy fe del logro. A Samuel lo tuve de docente en Introducción a la Filosofía y supo transmitirme esa praxis.

Recordé también que Kant tenía la costumbre de repetir una práctica cotidiana. Sus famosos paseos por Königsberg. La ceremonia del filósofo consistía en pasear todos los días a la misma hora realizando el mismo recorrido. Yo también tengo la invariable costumbre de salir a caminar a diario a cumplir con mi misa de 11 en cafés. Pero, a diferencia de Kant que repetía sus pasos en una ciudad inalterada de la Prusia Oriental mis caminatas son en Buenos Aires. Sin más.

Las ciudades europeas sostienen un concepto de diseño medieval en redondo que genera recorridos tan cerrados como reiterados provocando entre sus pobladores ineludibles vínculos de familiaridad barrial. Buenos Aires, en cambio, es el dibujo de una grilla con forma de cuadrícula plantado sobre una superficie plana con sus calles, sobre todo las anchas avenidas, que parecieran dar al infinito. Los porteños somos seres solitarios que nos largamos a caminar sin rumbo y que al llegar a una esquina, excepto uno vuelva sobre sus pasos, siempre existen varias opciones.

Fue nuestro escritor universal más porteño, Jorge Luis Borges, quien mejor lo narró en El jardín de los senderos que se bifurcan. En su cuento Borges postula la posibilidad de que cada sendero es una nueva línea temporal que a su vez se ramifican en nuevos infinitos senderos. En otras palabras que se puede avanzar o retroceder en el tiempo según el camino que se tome. En tiempos de pandemia que ocasionaron el cierre definitivo de bares y cafés transformando zonas de la ciudad en suburbios espectrales encuentro reconfortante salir a cumplir con la metáfora borgeana. Entonces, al llegar a cada esquina tomo diferentes senderos que me transportan a distintas épocas. Así me imagino entrando al Dante (Boedo) o al Izmir (Villa Crespo) o buscando una mesa libre en los atiborrados cafés de bohemios inmortales de la Corrientes angosta. Buenos Aires con sus múltiples cruces siempre ofrecerá un café donde filosofar.

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