Filosofía barata y medialuna de grasa VIII

En el ejemplar n° 922 de la Revista Ñ encontré una nota escrita por Alejandra Varela con un concepto desconocido, para mí, hasta el momento: Urbicidio. Urbicidio es un término que desde la filosofía forense recuperan investigadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. También es el título (Urbicidio: filosofía de la ciudad herida) que le da nombre al libro escrito por Arturo Moreno, Giovanni Tinajero y Eduardo Báez Gil. Estos filósofos mexicanos afirman que del mismo modo que las ruinas y escombros sirven para describir la materialidad de un daño en escenarios bélicos, en un marco de pandemia, como el actual, también sirve para explicar a modo simbólico a las ciudades vacías o debilitadas en su frecuencia vital cotidiana. 

Sostienen Moreno y Tinajero que “un edificio aniquilado es una víctima, la imagen donde se pierden los puntos de referencia, donde el enemigo viene a derrocar una lectura sobre el espacio que sus habitantes ya habían asimilado”. Es por eso que se propusieron pensar cómo la pandemia, desde un punto de vista de la filosofía, destruye una ciudad. Entonces hicieron una analogía preguntándose qué sucede con aquellos edificios que durante la pandemia han dejado de funcionar como: museos, escuelas, lugares de recreación (como bares y cafés, este agregado es mío). Dice Moreno: “muchos de los avances que ha tenido la reflexión filosófica sobre la ciudad en siglo XX señalan que la ciudad desapareció porque se convirtió en un espacio de trabajo, consumo y no en un espacio de convivencia y ocio (…) Fijate que cuando bajan los semáforos epidemiológicos en cada país, lo primero que vemos es las multitudes acudiendo a los centros comerciales (…) en la pandemia, cuando la clase media pierde los centros comerciales tiene que buscar esos espacios comunes que no había intervenido y ahora los reclama. Espacios como los parques que no te piden nada y qué difícil es para nosotros un espacio donde no se puede consumir porque para eso sí hemos sido muy bien formados”.

La lectura me condujo a nuestros bares y cafés. Cómo impacta en cada porteño la interrupción y pérdida de una lectura espacial conocida, a partir del cierre definitivo de muchos locales, de su barrio o lugar donde trabaja cotidianamente. La idea de la ciudad como lugar de consumo también me hizo pensar en una nueva modalidad que estuve observando en nuevos cafés que abren. Porque así como han cerrado muchos lugares tradicionales, en zonas comercialmente favorables, o de moda, se han inaugurado en los últimos años numerosos Cafés de Especialidad. Éstos son pequeños lugares de paso, para llevar, con escaso o nulo lugar para quedarse que priorizan el consumo antes que la comensalidad desestimando situaciones típicas de convivencia y ocio. Cafés que también frecuento. No voy a negarlo. Pero, esas visitas no me eximen de formular cuestionamientos y preguntas.

Durante las primeras décadas del siglo XX la gran inmigración modificaba la estructura poblacional argentina. Las clases sociales conocidas hasta entonces se volvían más porosas y sus características perdían definición. Comenzaba un proceso de mestizaje en donde, por ejemplo, grandes Cafés y Confiterías de Buenos Aires (Aue’s Keller, el Royal Keller, el Richmond o el Helvetia) servían de centro de reunión de intelectuales que encontraban en sus mesas un espacio donde trascender y hacer conocidos sus pensamientos. Eran inmigrantes o hijos de inmigrantes que ya no necesitaban de una membresía (sin éxito por supuesto) en los Clubes de Clase (del Progreso, Jockey Club). Estos “bohemios” fueron dándole una impronta a nuestros cafés que años más tarde Enrique Santos Discépolo los calificó de “escuela de todas las cosas”. Troilo, en interminables noches, los encarnizó expresando valores identitarios de porteñidad: una buena mesa de amigos, sensibilidad, sabiduría y barrio. Y más tarde sirvieron de cobijo y ámbito para comunidades de artistas en La Paz o en el Moderno. Me pregunto, entonces, hoy en día, cuántas poesías se escribirán en los Cafés de Especialidad; cuántas historias se tejerán en sus mostradores que serán publicadas o llevadas al cine; cuántas canciones serán compuestas por náufragos urbanos en sus baños (como en el de La Perla del Once). Y por último qué pasará cuando esta modalidad de consumo pase de tendencia a costumbre.

Para acompañar estas reflexiones termino citando las conclusiones de los filósofos mexicanos mencionados: “se nos ha metido la idea de que somos consumidores de espacios y no generadores de ellos (…) hace falta una pedagogía de habitar, de aprender una forma de cuidar lo propio y lo ajeno”.

Será como empezar otra vez de cero, canta Andrés Calamaro.

Será hasta la próxima.

Lee la nota completa de la Revista Ñ cliqueando AQUÍ

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