Filosofía barata y medialuna de grasa 9

ESPACIO. LUGAR. TERRITORIO.

Leyendo un texto de la socióloga Sofía Cecconi (“Territorios del tango en Buenos Aires: aportes para una historia de sus formas de inscripción”) encontré definiciones que distinguen a los términos: espacio, lugar y territorio, que me sirvieron para entender el devenir de nuestros cafés. Cito textual: El espacio constituye junto con el tiempo una de las coordenadas centrales de la experiencia humana (…) El espacio sería aquello que nos rodea, el marco en el que nuestras acciones se desarrollan, algo exterior al sujeto, que está allí, que puede transformarse con el paso del tiempo pero que constituye el referente que da estabilidad a la experiencia (…) Existen, además, otros dos niveles que complejizan un poco las cosas. Así, el “espacio” propiamente dicho –una entidad abstracta y general– se distingue del “lugar” y del “territorio”. La geografía urbana está atravesada simultáneamente por estas tres dimensiones entre las que es preciso establecer distinciones (…) El espacio, per se, no genera pertenencia. En este punto Cecconi pone como ejemplo de espacio a una montaña, un océano o una ruta. En cuanto a Lugar sostiene: El lugar, por el contrario, es un espacio “cargado” de significado a través de las señales que hacen a la identidad de los que lo habitan. El lugar tiene referencias claras, se define por las relaciones que establecen entre sí quienes hacen uso de él, por la historia que en él se desarrolla, por las huellas identitarias con las que se lo reconoce (…) un lugar en sentido pleno, significa, habla de identidades, de historia, de pertenencias. Aquí la autora menciona los barrios de Once, Caballito y San Telmo que constituyen lugares en el sentido mencionado, pero que esta condición no es intrínseca sino relacional. Así, el lugar, siguiendo a Augé (1994) es un espacio que se vuelve principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de inteligibilidad para aquellos que lo observan, agrega Cecconi. Por no-lugar la sociología cultural describe los espacios, principalmente urbanos, que son impersonales, donde la gente circula o consume con nula comunicación. (Cliqueando AQUÍ les dejo unos apuntes sobre los no-lugares de Marc Augé).

Seguimos con las definiciones anunciadas: Ahora bien, que un sujeto reconozca un barrio o un sitio como “lugar” no implica necesariamente que le otorgue valor como terreno en donde anclar su propia identidad. En otras palabras, “un” lugar no necesariamente constituye “mi” lugar. Para que sea “mi” lugar además de significativo –reconocido y cargado de sentido– debe ser considerado “propio”. Y aquí es donde entra a jugar la categoría de “territorio”: en el “territorio” se reconoce siempre la pertenencia, pues interviene en la constitución de identidades de aquellos que son interpelados por él (…) De la misma manera que los “lugares”, los territorios no se definen “en sí mismos”, sino en oposición a otros que aparecen o se definen como ajenos, según la distancia –simbólica pero también “real”– que los separa. Un territorio es entonces un espacio cargado de sentido y reconocido como propio por los actores que lo habitan o visitan. Pertenecer a un territorio supone la incorporación de una identidad asociada a su espacio.

Todas estas reflexiones me emparentaron con nuestros cafés y recordé cuando junto a mi familia nos hicimos cargo del Bar Notable de Buenos Aires: La Flor de Barracas. Si bien comercialmente el Café había alcanzado esa distinción por su vida centenaria, lo encontré sin identidad. Era “un” lugar de Barracas, por supuesto, pero no “mi” lugar para los vecinos del barrio. Entonces pusimos en marcha acciones para que la gente se apropie del bar. Que lo incluyera dentro de “su” territorio. Enumero (sin que impliquen orden alguno) las tareas iniciadas: 1. identificar la esquina con su entorno e historia; 2. iniciar acciones conjuntas con la Escuela Normal N°5, los vecinos de enfrente; 3. colgar en las paredes banderines de los clubes del barrio y fotos de la esquina; 4. servir de punto de venta para productos realizados en Talleres de Rehabilitación de internos del Hospital Borda (también vecinos); 5. vender para las Fiestas pan dulces de la Basílica del Sagrado Corazón (Barracas) hechos por gente en situación de calle; 6. celebrar con Días y platos especiales cada cumpleaños del barrio, Santa Lucía o fechas recordatorias de vecinos célebres (por ej. Eduardo Arolas); 7. brindar el salón para que funcione la Milonga Inclusiva “El abrazo verdadero”; 8. otorgarle a cada ambiente el nombre de un vecino ilustre: Salón Villoldo, Patio Arolas, hasta al gato le pusimos Bardi; 9. entablar un código cómplice y cotidiano a partir de textos escritos a modo de editoriales en las pizarras que colgaban en la fachada; 10. ofrecer el salón y el patio para talleres, reuniones de emprendedores barriales, reuniones de docentes de la Escuela, clases y desayunos para alumnos, cumpleaños familiares, casamientos, etc.

En síntesis, creemos haber ido por el camino correcto, Buenos Aires, cada vez más, sobreabunda en espacios, mantiene algunos pocos lugares y, hablando específicamente de sus cafés, ofrece cada vez menos territorios. Esos bares que sí son lugares identitarios para propios y extraños. Pero, que no logran ser percibidos como territorios para muchos que los miran con la ñata junto al vidrio.

Les dejo el texto completo de Sofía Cecconi AQUÍ.

Hasta la próxima medialuna.

Foto: pertenece a un casamiento de vecinos de Barracas realizado en La Flor de Barracas.

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