Juego de comedor

Y vaya si el motivo lo valía. Igual, como toda familia tana, cualquier ocasión era buena para festejar. Y a lo grande. Con una gran comilona. Sin embargo, nunca, durante la misma fiesta, se terminó con el objetivo de la misma. Nunca, hasta la inauguración del nuevo juego de comedor de la grannona. Un hermoso juego de comedor, completo, elegante, estilo clásico, renacentista italiano decía ella, que reemplazaba al viejo muy deteriorado por los años, golpes, descuidos, rayaduras a los cuales los sometió en eternas y siempre muy bien lubricadas fiestas (bah, comilonas) testigas, entre otras cosas, del crecimiento vegetativo de la familia en hijos, nietos y bisnietos.

Y el estreno no pudo tener mejor lucimiento para tan espectacular mobiliario. Mejor puesta en escena: peceto, matambres caseros, huevos rellenos, tomates rellenos, arrollados, tartas, tabla de quesos, salamines varios, pascualinas, ensaladas de papa, ensaladas rusa, mayonesa de atún, mayonesa de ave, vitel toné, canapés, pollo al escabeche, lengua a la vinagreta, palta rellena, patés, blanco de pavita, lechón, y siguen las firmas.

El cambio del juego había generado no pocas peleas, rencillas y viejas facturas entre los descendientes de la grannona por lo que consideraban un gasto inútil. Duró meses. Es que, a decir verdad, como argumentaban renegados yernos y hambrientos nietos, la vieja hacía rato que no recibía gente como para lucir algo nuevo, y que, además, las comidas las pasaba de largo o eran livianas picadas al paso en la cocina. La familia se había enfrentado. Eso sí, hay algo que vale la pena destacar, el código de ética familiar decretaba a las 00:00 hs de los días de fiesta la veda política (porque la otra sería reiteradamente violada) y en la reunión todo era risas y gratos momentos. Y comida. Y vino.

De todos modos, la grannona que sabía leer miradas, silencios y prolongadas ausencias, supo de esta interna familiar y se había negado una y otra vez a la renovación. Se conoce que el que finalmente la convenció para el cambio fue un festejante. Al menos ese rumor era el que iba cobrando fuerza a medida que pasaban las horas (léase botellas de litro, o sea, por ejemplo: “son las 5 litros y ¾). Toda la familia aceptaba gustosamente la historia (y el vino) excepto, obviamente, su único hijo varón quién para tapar tamaña verguenza comentaba a viva voz lo que había insistido, suplicado, y luchado para alcanzar tan digno objetivo. Las ingestas crecían. Los récords caían uno tras otro. La dolce vita. Una verdadera fiesta romana luego de que el “Cesar” hubiese dominado algún nuevo territorio. Ah, encima recién eran las 13:30 hs y estas fiestas terminaban a la madrugada siguiente, después de lo caliente, por supuesto.

Toda la familia se había hecho presente. En realidad, nunca faltaba nadie. Tampoco nadie se negaba al alcohol. La fiesta iba in crescendo. Algunos ya se animaban a asegurar que jamás habían visto a la grannona tan jovial. Los más maliciosos afirmaban que por primera vez desde su viudez (hacía ya 35 años) su cara había abandonado el luto. Porque el resto del cuerpo nadie podía afirmar que lo hubiese mantenido. Y todos los comentarios eran absolutamente ciertos. La grannona estaba radiante. La combinación de ver a la familia toda junta una vez más, sentirse observada, centro, homenajeada, con más el imponente nuevo juego de comedor, completo, elegante, estilo clásico, renacentista italiano insistía ella. Y para que negarlo, envidiada por más de un(a) miembro(a) de la familia que hacía rato que necesitaban una renovación. El comentario general era que como mínimo se la veía 10 años más joven. Pero mínimo. O sea, en lugar de 105 parecía de 95. No había con que darle. Era otra. Pero a ella, no jodamos, lo que más la excitaba era esa gran jarra de clericó que ahora salía de la cocina.

La fiesta siguió con la rutina de siempre, las tortas, el café, las risotadas, los cigarrillos, las masas, los licores, la música, los gases, las miradas acosadoras, las fotos, más café, los sanguchitos, los provechitos, los lances, el baile, la transpiración, los restos de las tortas, más masas, el aperitivo, la picadita, los chips y después, la comida. Los platos calientes. A la medianoche pocos eran los que quedaban todavía en pie. La fiesta había resultado un éxito. Entraba en la galería de los grandes recuerdos de familia. El nuevo juego de comedor había tenido la fiesta de presentación que se merecía, por completo, por su elegancia, su estilo clásico, renacentista italiano balbuceaba la grannona patinando en alcohol. Sin embargo faltaba el broche de oro. El momento cumbre. El bautismo de fuego (por la acidez).

La grannona, que todavía estaba abrazada a la granjarra de clericó (vacía, por supuesto), hacía grantiempo que no chupaba tanto y se había mandado la grancagada de agarrarse un granpedo. Como pudo entre restos de familiares, que llenos hasta las amígdalas buscaban desesperadamente aire como milagroso digestivo, reptó hasta el baño. Entró y levantó la tapa. Se inclinó y vomitó todo. Pero todo. Inmediatamente en un gesto más automático que consciente tiro de la cadena. La fuerza del agua (bendita) se llevó todo. Pero todo. Incluso el hermoso juego de comedor, completo, elegante, estilo clásico, renacentista italiano maldijo ella.

Marzo 1999

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