Labstori

Ahora que se acerca el final. Ahora que la naturaleza se encarga en demostrar que no existe fuerza más fuerte que ella. Recién ahora, ellos se dan por vencidos. Porque hasta ese momento se creyeron inmortales. Y razón no les faltaba. Fueron muchos años de enfrentar a poderosos enemigos. Enemigos fuertes no en armamento sino en ideas. En argumentos. En conductas. En tradiciones. O sea, los peores enemigos. Aquellos que no mueren con la muerte física. Aquellos que sólo los vence el tiempo. Pero que nunca es el tiempo de un mortal.

“Metástasis”, dijo el oncólogo. Era cuestión de días. Horas. Ya. Él se encargó de anunciarle el fin a su infectada amada que no pareció sorprenderse. Es más, íntimamente sintió satisfacción por la jerarquía del rival. Desde muy niña supo que había que ser muy fuerte para vencerla. Muy grande. Superior. Invencible. Hijo de puta. Un cáncer.

Y ahora que se acerca el final. Ahora que la naturaleza se encarga de demostrar que es capaz de separar lo que uno cree inseparable. Recién ahora, se acercan los familiares. ¿Qué cosa no? La muerte une y separa. Une a los enemigos y separa a los amigos. Como exigen las leyes del drama. Los conflictos que hacen atractiva una historia. Atrapante. Vendible. La muerte actúa como el mejor guionista de una estructura dramática alejando a los protagonistas y uniendo los antagonistas. La muerte con su nombre artístico: Cáncer, es capaz de transformar en un clásico las historias más grises e insípidamente vividas. Es capaz de transformar en primer actor o actriz a cualquier asistente a grupo de teatro de mala muerte. (¿Redundancia o casualidad?)

Siempre les fue difícil la relación. Desde el mismo comienzo. Debieron luchar contra miles de prejuicios. Contra familiares y amigos. Quedaron solos y más se unieron. Más fortalecieron su amor. El era Montesco, ella Capuleto. Dos familias. Dos historias. El destino los enfrentó en una situación que lejos estaba de parecerse al balcón de Verona. Pero bueno, joder, Shakespeare no es Dios, ni la vida es una película. Cuando se conocieron los dos estaban casados. Rápidamente descubrieron que sus juramentos de fidelidad eterna no habían sido más que costumbres impuestas por la sociedad a la que pertenecían. Sociedad que, por otra parte, cada uno de ellos, a su manera, intentaba corregir. No lo habían buscado. Simplemente el destino los juntó. Fueron años difíciles. Nadie los entendió. Nadie los ayudó. Nadie los perdonó.

Él no tuvo necesidad de divorciarse porque al poco tiempo de iniciar la nueva relación quedó viudo. Su ex no soportó la indignación y se pegó un tiro. Ella tampoco la sacó barata y si todas las separaciones son traumáticas la suya superó todos los registros. Su ex cambió abandono por denuncia y arremetió contra “Romeo” y la familia de este acusándolos y persiguiéndolos hasta lo inimaginable. Nada lo detuvo. Abrió puertas y saltó vallas inexpugnables. Y llegó a pegar fuerte. Llegó hasta el fondo de todo. Al abismo. The end. El punto final. Y partir de ese punto las relaciones fueron irreconciliables.

Hoy, Montescos y Capuletos completan la sala de espera del hospital esperando el desenlace del drama. El epílogo. No se hablan. Se observan. Todos esperan en silencio. Como si fuera un último homenaje al amor. El tardío reconocimiento a quién luchó por lo que amó. Por lo que creyó. Y estas dos familias, estas dos historias, esperan respetuosamente que el doctor abra la puerta del quirófano y repita la letra que ya todos saben de memoria porque esta película, la vimos todos. Sin embargo, falta uno, el actor de reparto, el ex, que ahora avanza por el pasillo y todos vuelven sus cabezas hacia él. La escena es el final de la historia y se desarrolla en cámara lenta. El ex avanza lentamente por el pasillo. Lleva un piloto y sus manos en los bolsillos. ¿Llevará un arma? Su mirada esta fija en los ojos de abatido actor protagónico. Nunca lo vio así. Derrotado. Vencido. Recuerda sus ojos vivos y lanzando llamas en numerosas discusiones donde no faltaron los golpes. Ya están cerca. La película cambió de set y saltó de Verona al Far West. Se miden. Todos observan expectantes el desenlace. Pero el guionista nuevamente hace valer su poder y quita protagonismo a los actores principales. Es cuando el doctor sale del quirófano y repite la letra que ya todos saben de memoria. Hollywood es implacable y nadie puede modificar sus estructuras dramáticas. Este es el final buscado. El que provoca un shock. Es cuando el ex, el abandonado, se le acerca por la espalda al nuevo, al abatido, lo da vuelta y se funden en un abrazo. La música del final sube el volumen y se encienden las luces de la sala. El actor protagónico y el de reparto siguen abrazados llorando. Dos hombres. Dos historias. Dos argentinas. La última vez que habían estado en contacto físico fue justamente en otro quirófano. En otra mesa de operaciones. En el centro de detención clandestino de la Escuela de Mecánica de la Armada donde el actor protagónico, por entonces Capitán de Fragata, dirigía las sesiones de tortura y dónde conoció a un matrimonio de montoneros.
Mayo 1999

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